Ocho de la mañana en el ferry que me lleva a Roma. Los empleados baldean y limpian las cubiertas en mecánico cumplimiento. Apenas hay oleaje y el sol empieza a subir como si tuviera prisa en darme calor en mitad del Mediterráneo. Quédate ahí, no subas más! Podrías congelar este momento, sol, un ratito para mí mientras escribo estas líneas. Aún no han subido los turistas a la cafetería y estoy disfrutando de un café con leche y un cruasán en poca compañía. Una persona mayor hace footing por los laterales del barco, con pantalón corto y zapatillas de deporte. Otro sentado enfrente lee un libro en italiano. El resto miran el mar sin prisa, como yo.
Ayer volé bajo desde Madrid. La carretera a Barcelona la sé de memoria y lo tomé como un prólogo que se lee rápido para llegar lo antes posible al meollo del asunto. Check in y dos horitas de espera obligadas hasta meter la moto en la bodega. En la cola los primeros comentarios de a dónde vas, de dónde vienes; un grupo de colombianos talluditos han alquilado unas motos en Barcelona y quieren hacerse de Roma a Trieste, y luego hacia los Balcanes, Hungría, Rumanía y Bulgaria. Un paseo fantástico de 29 días. Me encuentro en el ascensor que sube de las bodegas a un neozelandés que está dando la vuelta al mundo en moto. Bromeamos, porque ya no puede ir más lejos. Va a la costa croata y Albania, después Grecia y Turquía. Yo no puedo dejar de preguntarme qué mueve a estos travellers de tienda de campaña y chaqueta motera raida a recorrer el mundo; qué habrán dejado atrás; qué les espera allá donde vayan. Por ejemplo a esta chica ya no tan joven, cuya mirada denota una mezcla de tristeza y asombro, pero también fortaleza. Ha dejado el miedo aparcado en algún sitio y carga su mochila en un viejo scooter de 125cc, cruzando el mar a otro país.
Desembarco en Civitavecchia con prisa por llegar a tiempo a mi cita con Roma. La vecchia e bella signora se adivina en la puesta de sol, y no es raro que se presente de repente, entre los árboles, al otro lado de esa última colina. Espoleo la moto al B&B cerca de la via dei gracchie, y dejo trastos, y maletas, y los últimos rastros de sal del Mediterráneo en una ducha rápida. Un saludo a la espléndida recepcionista, Margueritte, prego y arrivederchi, que voy a los jardines de Villa Borghese a presentar mis respetos a las cúpulas de Roma, justo encima de la Piazza del Poppolo.. Roma de noche. En moto, sin el caótico tráfico que asola el día, qué gozada. Hago un tour por el centro, y me pierdo literalmente por sus calles. Los turistas ya están durmiendo en los hoteles y sólo quedan algunos despistados con unas copas de más y unos euros de menos. Piazza Navona, el Pantheon, mi preciosa Fontana de Trevi, las escaleras de la plaza de España..en obras? Un guardia civil en la Embajada de España…
Ven conmigo a viajar
jueves, 23 de junio de 2016
lunes, 20 de junio de 2016
A Italia
Me voy a Italia.
En dos días parto a la vieja Roma como punto de referencia. Llevo las maletas repletas de ilusiones y la bolsa sobredepósito con un par de sobres de jamón serrano al vacío, para darme un homenaje ibérico en el rico escenario de la Fontana di Trevi. El recorrido está por definir: será hacia el Norte, por la Toscana, entre colinas de hierba verde y viñedos de Chianti. Quizá gire a la derecha hacia Asís cuando despunte el día, y duerma a las puertas de Florencia. Venecia y los Dolomitas. Paso del Stelvio y Bormio, buscando las curvas de los Alpes con la ansiedad de un adolescente.
Por ahora, me espera un ferry desde Barcelona a Civitavecchia, y calculo que veinte horas de travesía me prepararán el cuerpo y la mente para lo que me espera en el camino; el agua del mar lava las cicatrices. y en el ambiente se respira un contrapunto de sal. No me adelantaré: aún ando con los preparativos y sé exactamente qué NO me voy a llevar. Dejaré el trabajo, las preocupaciones, la rutina de mis cosas, la disciplina, el olor de la ciudad y el ruido de sus calles. Abriré los ojos y estaré atento a nuevas imperfecciones, por similares que parezcan a las que dejo atrás; dejaré que la vida entre a raudales en el depósito de la moto y me trasladaré a lugares nuevos que jamás imaginé.
Ya empieza el viaje: yo soy ése, el del área de descanso con un bocadillo de jamón en la mano; el de la sonrisa perenne debajo del casco, el de la navaja suiza cortando kilómetros a ritmo de Kings of Leon..
En dos días parto a la vieja Roma como punto de referencia. Llevo las maletas repletas de ilusiones y la bolsa sobredepósito con un par de sobres de jamón serrano al vacío, para darme un homenaje ibérico en el rico escenario de la Fontana di Trevi. El recorrido está por definir: será hacia el Norte, por la Toscana, entre colinas de hierba verde y viñedos de Chianti. Quizá gire a la derecha hacia Asís cuando despunte el día, y duerma a las puertas de Florencia. Venecia y los Dolomitas. Paso del Stelvio y Bormio, buscando las curvas de los Alpes con la ansiedad de un adolescente.
Por ahora, me espera un ferry desde Barcelona a Civitavecchia, y calculo que veinte horas de travesía me prepararán el cuerpo y la mente para lo que me espera en el camino; el agua del mar lava las cicatrices. y en el ambiente se respira un contrapunto de sal. No me adelantaré: aún ando con los preparativos y sé exactamente qué NO me voy a llevar. Dejaré el trabajo, las preocupaciones, la rutina de mis cosas, la disciplina, el olor de la ciudad y el ruido de sus calles. Abriré los ojos y estaré atento a nuevas imperfecciones, por similares que parezcan a las que dejo atrás; dejaré que la vida entre a raudales en el depósito de la moto y me trasladaré a lugares nuevos que jamás imaginé.
Ya empieza el viaje: yo soy ése, el del área de descanso con un bocadillo de jamón en la mano; el de la sonrisa perenne debajo del casco, el de la navaja suiza cortando kilómetros a ritmo de Kings of Leon..
jueves, 14 de abril de 2016
A dos ruedas
La intención de este blog es poner por escrito mis viajes. Vuelo a dos ruedas, como si hacer kilómetros y recorrer países fuera un estilo de vida, ese que soñé cuando me dieron mis alas un día de julio. Viajar es otra forma de vivir, y aunque este medio esté obsoleto para según qué menesteres, no me importa: queda ahí, y aguanta el paso de los años como un álbum de fotos en negra tinta.
Viajo en moto, sí. Me acompaña desde los catorce años la pasión de volar bajo, la locura del destino incierto. Un paisaje, la aventura, el niño que sonríe en la cuneta y el viejo que me cuenta la verdad. Vuelo a ras de tierra. Y bendigo el día que me fui porque crezco en movimiento; y bendigo la noche que vuelvo a casa porque ya no soy el mismo.
Os diré cuál es el secreto: el camino. No busquéis más allá.
Aquí pienso contármelo, para que me sea imposible olvidar...
Viajo en moto, sí. Me acompaña desde los catorce años la pasión de volar bajo, la locura del destino incierto. Un paisaje, la aventura, el niño que sonríe en la cuneta y el viejo que me cuenta la verdad. Vuelo a ras de tierra. Y bendigo el día que me fui porque crezco en movimiento; y bendigo la noche que vuelvo a casa porque ya no soy el mismo.
Os diré cuál es el secreto: el camino. No busquéis más allá.
Aquí pienso contármelo, para que me sea imposible olvidar...
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