lunes, 20 de junio de 2016

A Italia

Me voy a Italia.

En dos días parto a la vieja Roma como punto de referencia. Llevo las maletas repletas de ilusiones y la bolsa sobredepósito con un par de sobres de jamón serrano al vacío, para darme un homenaje ibérico en el rico escenario de la Fontana di Trevi. El recorrido está por definir: será hacia el Norte, por la Toscana, entre colinas de hierba verde y viñedos de Chianti. Quizá gire a la derecha hacia Asís cuando despunte el día, y duerma a las puertas de Florencia. Venecia y los Dolomitas. Paso del Stelvio y Bormio, buscando las curvas de los Alpes con la ansiedad de un adolescente.

Por ahora, me espera un ferry desde Barcelona a Civitavecchia, y calculo que veinte horas de travesía me prepararán el cuerpo y la mente para lo que me espera en el camino; el agua del mar lava las cicatrices. y en el ambiente se respira un contrapunto de sal. No me adelantaré: aún ando con los preparativos y sé exactamente qué NO me voy a llevar. Dejaré el trabajo, las preocupaciones, la rutina de mis cosas, la disciplina, el olor de la ciudad y el ruido de sus calles. Abriré los ojos y estaré atento a nuevas imperfecciones, por similares que parezcan a las que dejo atrás; dejaré que la vida entre a raudales en el depósito de la moto y me trasladaré a lugares nuevos que jamás imaginé.

Ya empieza el viaje: yo soy ése, el del área de descanso con un bocadillo de jamón en la mano; el de la sonrisa perenne debajo del casco, el de la navaja suiza cortando kilómetros a ritmo de Kings of Leon..

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