jueves, 23 de junio de 2016

Barco a Venus

Ocho de la mañana en el ferry que me lleva a Roma. Los empleados baldean y limpian las cubiertas en mecánico cumplimiento. Apenas hay oleaje y el sol empieza a subir como si tuviera prisa en darme calor en mitad del Mediterráneo. Quédate ahí, no subas más! Podrías congelar este momento, sol, un ratito para mí mientras escribo estas líneas. Aún no han subido los turistas a la cafetería y estoy disfrutando de un café con leche y un cruasán en poca compañía. Una persona mayor hace footing por los laterales del barco, con pantalón corto y zapatillas de deporte. Otro sentado enfrente lee un libro en italiano. El resto miran el mar sin prisa, como yo.

Ayer volé bajo desde Madrid. La carretera a Barcelona la sé de memoria y lo tomé como un prólogo que se lee rápido para llegar lo antes posible al meollo del asunto. Check in y dos horitas de espera obligadas hasta meter la moto en la bodega. En la cola los primeros comentarios de a dónde vas, de dónde vienes; un grupo de colombianos talluditos han alquilado unas motos en Barcelona y quieren hacerse de Roma a Trieste, y luego hacia los Balcanes, Hungría, Rumanía y Bulgaria. Un paseo fantástico de 29 días. Me encuentro en el ascensor que sube de las bodegas a un neozelandés que está dando la vuelta al mundo en moto. Bromeamos, porque ya no puede ir más lejos. Va a la costa croata y Albania, después Grecia y Turquía. Yo no puedo dejar de preguntarme qué mueve a estos travellers de tienda de campaña y chaqueta motera raida a recorrer el mundo; qué habrán dejado atrás; qué les espera allá donde vayan. Por ejemplo a esta chica ya no tan joven, cuya mirada denota una mezcla de tristeza y asombro, pero también fortaleza. Ha dejado el miedo aparcado en algún sitio y carga su mochila en un viejo scooter de 125cc, cruzando el mar a otro país.

Desembarco en Civitavecchia con prisa por llegar a tiempo a mi cita con Roma. La vecchia e bella signora se adivina en la puesta de sol, y no es raro que se presente de repente, entre los árboles, al otro lado de esa última colina. Espoleo la moto al B&B cerca de la via dei gracchie, y dejo trastos, y maletas, y los últimos rastros de sal del Mediterráneo en una ducha rápida. Un saludo a la espléndida recepcionista, Margueritte, prego y arrivederchi, que voy a los jardines de Villa Borghese a presentar mis respetos a las cúpulas de Roma, justo encima de la Piazza del Poppolo.. Roma de noche. En moto, sin el caótico tráfico que asola el día, qué gozada. Hago un tour por el centro, y me pierdo literalmente por sus calles. Los turistas ya están durmiendo en los hoteles y sólo quedan algunos despistados con unas copas de más y unos euros de menos. Piazza Navona, el Pantheon, mi preciosa Fontana de Trevi, las escaleras de la plaza de España..en obras? Un guardia civil en la Embajada de España…

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